La tortuga del éxito


La tortuga del éxito

Hoy quiero compartir con ustedes una pequeña parte de mi libro La tortuga del éxito.
Un relato que nos invita a seguir adelante, incluso cuando todo parece perdido, y a aceptar que la ayuda que nos ofrece el universo puede llegar de alguien —o algo— que nunca hubiéramos imaginado.

Salir adelante, incluso cuando todo parece perdido.

Érase una vez: tres mendigos que pernoctaban al pie de una montaña. Les llamaremos 1, 2, 3. A los que, de vez en cuando, un alma caritativa les lanzaba unas monedas o daba un bocadillo para aliviar su desgraciada vida. Los tres hombres que llevaban tiempo viviendo aquella miserable vida. Nuca emitían juicio, ninguno sobre las muchas personas que pasaban sin darles ni siguiera un céntimo de euro. Y mucho menos se atrevían a soñar con tener la vida que gozaban, aquellos hombres y mujeres que bajaban a la falta de la montaña para hacer caridad entre los más desfavorecidos del lugar. O simplemente para ganarse el cielo a base de diezmos y bocadillos, reconfortándose a sí mismos con el sonido de las monedas que caían sobre los platos metálicos de aquellos tres desheredados. No era, que no tuvieran preguntas sobre porque no vivían en lo alto de la montaña. Por qué las tenían. Lo que sucedía es que habían asumido su condición de desheredados de la tierra. Al fin y al cabo, alguien tenía que vivir a los pies de la montaña, al igual otro tenían que vivir en lo alto de la montaña. Los que vivían abajo miraban con esperanza a los que vivían arriaba, mientras los que vivían en lo alto añoraban la tranquilidad de aquellos que ellos pensaban que no tenían preocupación ninguna. Después de todo: no tenían, dinero, ni propiedades y tampoco familias por las que preocuparse. “¿Qué podía quitarles el sueño? Y además tenían la suerte de que siempre había alguien que les daba de comer o limosna mientras permanecían tumbados al abrigo de la montaña” pensaban los señores de lo alto de la montaña a los que los de la falda llamaban los picos altos.

Por esa razón, los tres mendigos, pensaban que, si Dios, Buda, Ala, el Universo o la suerte habían repartido los papeles de esa forma, ¿quiénes eran ellos para cuestionar las leyes del destino y del hombre?

Solo de vez en cuando, uno de ellos se atrevía a levantar la cara de su plato de limosnas y preguntar a uno de sus bienhechores: ¿cómo se vive arriba en la montaña? Porque ellos también querían subir y disfrutar de la bonanza. Entonces alguno de los hombres o mujeres de buen ver les respondía que: “la vida arriaba en la montaña era miserable, dura y sin sentido. Además, nadie entendería qué hacían allí. Porque ellos, vivían mejor que los hombres en alto de la montaña. Lo que despertarían recelo por su forma de vestir, caminar, hablar, incluso pensar. Además, como iban a vivir en lo alto sin dinero, cuando él lo alto de la montaña todo el mundo peleaba por él. Era mejor que siguieran pernoctando en la falda de la montaña. Donde la vida era facial, sencilla y no tenían que preocuparse. Además, alguien siempre les lanzaba una moneda.

Claro que, si querían subir allí arriba, allá ellos. Aunque no le importaría ayudarles. Pero subir a lo alto de la montaña era tan difícil. Qué para cuándo llegarán a la mitad. Estarían tan cansados que les sería muy difícil e imposible llegar a lo alto de esta. Y la verdad no merecía la pena que gastaran su energía, cuando lo tenían todo al pie de la montaña”

Una vez al mes esta era la conversación que alguno de los mendigos mantenía con aquellos que bajaban de la montaña, luciendo sus coches, trajes de lujo. Pero, sobre todo, sus amplias sonrisas.

Pero como siempre después de finalizar la conversación: los mendigos se desanimaban y olvidaban lo hablado, continuando con sus vidas de limosna y bocadillos al pie de la montaña. Hasta que llegaba otro fin de mes y los habitantes de lo alto de la montaña bajaban de nuevo a las faldas de esta. Como los tres hombres no sabían sus nombres, les habían comenzado a llamar los picos altos.

Aquella rutina de subidas, bajadas, preguntas, repuestas se mantenía así año tras año. Era como las agujas del reloj moviéndose sobre sí mismo sin llegar nunca a ningún destino.

Un día, uno de los mendigos, estaba sentado en la falda de la montaña, cabizbajo, mirando su cuenco de limosnas, cuando levantó la mirada y vio que algo se movía entre las hierbas que crecían al pie de la montaña. Se puso de pie mirando con detenimiento, a la espera de ver que era aquella cosa que se meneaba entre los hierbajos. Para su sorpresa resultó ser una pequeña tortuga alimentándose. Por un instante volvió a meter la cabeza en su cuenco“” que me importa una diminuta tortuga“” pensó. Pero la curiosidad le pudo. Así que fijo de nuevo la vista sobre aquel pequeño animal. Entonces se dio cuenta de que la tortuga ya no estaba al principio de la falta de la montaña, donde la había visto unos minutos antes. Ahora estaba a un palmo del suelo.

“”¿Cómo es posible?, se preguntó el hombre, si no es más que una pequeña tortuga. ¿Cómo ha podido avanzar un palmo hacia arriba? Aquella visión despertó algo en él, que hizo, que quisiera contar, lo sucedido a sus compañeros de miseria.

Así que a la mañana siguiente, después de que volvieran con sus cuencos de limosna y sus respectivos bocadillos. Este les contó entusiasmado la hazaña que había visto realizar a la pequeña tortuga el día anterior. Pero sus dos compañeros, que ya estaban contando el dinero y comiendo sus bocadillos, se limitaron a mirarle como si hubiera perdido la cabeza.

—No sé, porque derrochas el tiempo, no es más que una pequeña tortuga. En cuanto la montaña empiece a empinarse un poco, caerá rodando del monte y se romperá en mil pedazos —dijo el mendigo 2.

—Sí, 2 tienes toda la razón, subir a lo alto de la montaña es una tarea difícil. — confirmó 3 ¿Acaso, no has oído lo que dicen los viven en ella? Si ellos que conocen el camino de arriba abajo, se quejan de lo empinado, difícil e inesperado que es subir a la cima. ¿Cómo una insignificante tortuga va a lograr semejante hazaña? —, exclamo, muy enfadado el mendigo 3 por haberle hecho perder la contabilidad de sus monedas—. Vaya, tengo que empezar otra vez, gracias a tus tonterías — dijo irritado 3.

—Pero os aseguro, que ayer vi a una tortuga, subir un palmo hacia arriana — dijo 1

 —Y ¿qué es un palmo?, si me hubieras dicho que dos metros, a lo mejor te presto atención. Será mejor que dejes de ver cosas extrañas, y tener pensamientos que no te llevan a ninguna parte. Lo mejor es que limpies tu cuenco y te prepares para salir mañana. Tenemos que buscar un buen lugar — dijo 3


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